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AYATIMASQUAYA
Llegué tras un largo recorrido, a través de una empinada vereda tupida de cardones y tabaibas, la leche quemaba mis brazos y tú pesabas en mi pecho.
Allí, junto a la roca, encima de la cueva donde saltan los colores, deposite mi cargamento.
Primero los pulmones, aun esponjosos tras el largo viaje, luego el estomago y después los intestinos, el hígado vino después y tras el, los riñones, deje el corazón aparte, sobre un lecho de hojas de higuera que acogían con ansia la sangre que aun no se había endurecido, dediqué palabras a mis ancestros, dile a fulanito, que sus cabras están bien atendidas, coméntale a aquel que crió buenos hijos y dile a mi abuelo, que le recuerdo.
Una vez dicho esto, acerque la llama, al principio costó, pero poco a poco, empezaron a arder todas las ramas secas que contagiaron de fuego a las tripas. Pronto, todo empezó a arder mientras recorría con la mirada la roca cubierta de musgos donde los siglos seguían guardando las inscripciones, el humo transportaba mi mensaje. Al finalizar, envolví de nuevo el corazón y lo lleve a la cueva, allí, curamos la enfermedad común, hablamos y comimos, luego, descendimos a tu cuerpo.
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